


La fábrica de harinas del río se construyó en el año 1934 sobre un antiguo molino harinero, propiedad del Concejo. En 1856, el Ayuntamiento se lo vendió a don Eduardo de la Torre (de Peñaranda) por 85000 reales. Muere su nuevo dueño y la viuda se lo vende a Agustín Domínguez Vicente (de Tordillos). El molino disponía de una cuadra, balsa y una vivienda, donde residió Agustín con su familia, hasta que enfermó su mujer y se trasladó a Macotera. Ocupaba una superficie de 3465 pies cuadrados (990 metros cuadrados).
Durante el invierno y primavera, la piedra corredera era accionada por la fuerza de un rodezno, alimentado por la presión del agua del río, que se remansaba, previamente, en una balsa aledaña y que se llenaba a través de un caño. Este rodezno, que se encontraba en la trasera del mismo, dio nombre al brazo del río que retornaba el agua desde la fábrica al cauce fluvial, y que algunas mujeres aprovechaban para lavar su ropa. Durante el verano, la fuerza motriz emanaba de una dinamo instalada al efecto.
Jesús García Santos (1935) fue el primer molinero que manejó la fábrica, a quien sustituyó su hijo Jesús, en 1948. En el invierno y primavera, cuando el río venía crecido, un carro, tirado por una pareja de bueyes, cruzaba los costales a la otra orilla y, posteriormente, se cargaban en un camión, que los Domínguez habían comprado a Antonio Gallinero. Cuando al Ayuntamiento le desamortizaron sus fincas por la ley de Madoz, acordó construir un puente en el paso, pero no se llevó a efecto, como sucedió con otros proyectos. Fue su contable don José el secretario, que se hospedaba en el café de la señora Anita.
El molino de arriba, así se le conocía, porque, en la Carramolino, próximo a la fuente, se alzaba el molino viejo. Ambos inmuebles eran propiedad del Ayuntamiento. Con los años, el viejo se aruuinó y siguió funcionando el de arriba.
Desde muy antiguo, a mediados del siglo XIV, los arrendadores de los molinos estaban obligados a dar al Concejo el agua necesaria durante dos días a la semana, desde el 1 de febrero hasta el 31 de mayo, para regar el prado boyal. Estos días solían ser el sábado desde la salida del sol hasta el domingo al anochecer. Este compromiso preceptivo y ancestral no fue, debidamente, respetado ni contestado por Agustín Domínguez, y fue motivo suficiente para que el Ayuntamiento se viese forzado a acudir a la justicia en más de una ocasión, para defender sus intereses; hasta que, definitivamente, en 1890, y ante notario, Agustín se convence de su obligación legal de facilitar el agua, que fuere menester, y en los tiempos determinados desde tiempo inmemorial, para el riego del prado.
Para elevar el agua desde el río a los molinos, se remansaba ella tras una pesquera y, mediante una desviación lateral avanzaba por su propio peso a través de un canal o caño. Se construyeron tres presas: la primera enfrente de la Barranca y dieron lugar a numerosos pleitos entre Macotera y Santiago. Cuando se construyó la fábrica, se reforzó la balsa con muros de ladrillos y cemento y se instaló una compuerta de hierro, que regulaba el almacenamiento y distribución del agua con el justo propósito de que tanto la fábrica como el Ayuntamiento pudiesen disponer del agua suficiente para atender sus necesidades.
Entre otros compromisos recogidos en el contrato de arrendamiento, el arrendador no podía tener ave alguna en el molino.
Todos los años, los arrendadores debían entragar al Ayuntamiento dos fanegas de harina. Esta harina la aplicaba el Concejo para dar una limosna a los pobres, que abundaban y mucho.
La fábrica del río se cerró en 1950. Parte del techo de la sala de máquinas está arruinado; en cambio, su estructura externa mantiene su solidez. La balsa se conserva entre zarzas y maleza.
Información sacada del libro “Rincones Macoteranos”, escrito por Eutimio Cuesta y Jose Luis Rivero.



