


En los aledaños de la ermita de la Virgen de la Encina, se concentraban tres rincones del miedo: el corral de los fantasmas, las lechuzas de la ermita, que chupaban el aceite de la lámpara y despertaban a los muertos de noche y el famoso Encañao. Se llamaba el corral de los fantasmas, al corral de las Carrolas, enfrente de la ermita, adonde el herrero de Ventosa montó el potro de herrar los bueyes.
El miedo a las lechuzas era más propio de quienes iban a rocar la campana de la Virgen. Antes de abrir el portón de ésta, se solía mirar con sigilo el silencio del recinto por si era alterado por el graznido estridente y lúgubre de la lechuza, cuando saltaba de una viga a otra o, quieta, emitía aquel resoplido seco y sobrecogedor. Se procuraba por miedo ir siempre acompañado a cumplir con este requisito que imponía la mayordomía.
En cuanto al Encañao, había una vieja leyenda que relataba la presencia de un lobo feroz escondido en la alameda de la Virgen de la Encina. Aquel lobo era como el hombre del saco que se llevaba a los niños malos o el coco de los niños que se negaban a comer o a dormir. El caso es que el Encañao y el corral de los fantasmas son las cosas que impresionaron el subconsciente y no se borran tan pronto.
Pero el Encañao no era sólo rincón del miedo, se trataba, asimismo, del desagüe natural de las aguas de lluvia, procedentes del camino de Mancera y de las calles que afluyen a su orilla. Cuando las aguas asoman a la plaza de la Leña, se hermanan con las aguas que trae el arroyo de la Virgen y, fundidas, avanzan veloces en busca del río Margañán.
Información sacada del libro “Rincones Macoteranos”, escrito por Eutimio Cuesta y Jose Luis Rivero.



