


La calle Fraguas debe su nombre porque esta calle reunió antiguamente a todos los herreros del pueblo, como sucedió en otros lugares, en que la calle Panaderos reunió a todas las tahonas; la calle Plateros, a todos los plateros y, como fue en Macotera con la calle la Plata, que conijó los cuatro talleres que vendían objetos de platería.
Sólo tenemos acreditación de que, en Macotera, trabajaron varios herreros, cuberos y caldereros franceses a mediados del siglo XVII y, por los libros, sabemos que era costumbre general situar los talleres del mismo oficio (los gremios) en una calle concreta y que decían de ese nombre. Si la calle Fragua se llama así, sin duda, fue porque, en ella, asentaron sus fraguas los distintos herreros, cuberos, y caldereros del pueblo durante los siglos XV, XVI y XVII y que, en siglos sucesivos, se desperdigaron por distintos rincones del lugar al desaparecer el sistema gremial. Si no hay papeles que lo digan de forma expresa, no es para negar que así fue. No existe otro motivo de que tenga ese nombre, pues desemboca por un extremo en la plaza y por otro, se abría a un descampado de huertos, a la alameda de la Virgen y a la ermita.
La calle Fraguas es, además, una de las calles más antiguas del pueblo con nombre. La mayoría se las conocía, simplemente, por vía pública; pero, cuando se ponía nombre a una calle, siempre se procuraba que hubiese coherencia entra la forma y el contenido: entre el nombre y alguna referencia al mismo; asi sucedió con la calle Santa Ana, que conducía a la ermita de Santa Ana; calle Larga, por su longitud: se extendía desde el camino Mancera hasta el camino de Tordillos; la calle de la Plata, la calle de las Procesiones, la calle Aguas vertientes (Regato de la Virgen de la Encina), porque por ella fluían las aguas de lluvia de medio pueblo.
La calle Fraguas evidencia que en Macotera, en la época de los Austrias, gozó de un gran desarrollo económico y social, que demandaba nuevas técnicas e instrumentos. Y es buena prueba de ello, la llegada de los artesanos franceses, que abrieron grnades talleres de calderería, que atendían no sólo las necesidades del lugar, sino las de los pueblos vecinos.
Información sacada del libro “Rincones Macoteranos”, escrito por Eutimio Cuesta y Jose Luis Rivero.



