


Un mal año de cosechas puede ser problemático en varios aspectos y no solo para el agricultor. En este artículo queremos explicarte las distintas situaciones negativas derivadas de determinadas inclemencias meteorológicas.
Entendemos como mala cosecha aquella inferior a la esperada, según los estándares. Esta puede deberse a varios factores, pero lo habitual es que se deba a la sequía, a las inundaciones, a las heladas o al granizo.
Los cultivos son el modus vivendi del agricultor, que, posteriormente, los tendrá que vender en el mercado. Una cosecha excepcionalmente baja puede limitar las fuentes de ingresos, en especial, debido a que, gracias a la economía global, se pueden importar productos de otras partes del planeta a bajo precio.
El ganado se alimenta, principalmente, de hierba y la sequía impide su crecimiento normal; y, lo que es peor, su almacenamiento en invierno. Por este motivo, puede haber problemas para mantener al ganado alimentado por medios naturales.
Si la materia prima es más cara, los vendedores de frutas y verduras tendrán que repercutir el precio en el consumidor final, igual que los hoteles, bares y restaurantes.
El consumidor vive el problema de las cosechas en los precios y antaño una mala cosecha de trigo suponía un grave peligro de subsistencia para la mayoría de la población. De hecho, el asalto a la Bastilla en 1789 se da pocos días después de que el pan marcara su precio máximo del siglo XVIII.
Aunque la importación puede paliar algo esta situación, hay determinadas variedades autóctonas que, si escasean, solo se podrán comprar a precios astronómicos.
Un mal año de cosechas es problemático para todas las partes implicadas. Por un lado, para el productor; por el otro, para determinadas profesiones que viven, indirectamente, de los cultivos; y, finalmente, para el consumidor.



