


El macoterano, desde que el mundo es mundo, es amigo de la alforja y de la manta. Un trotamundos o correcaminos. Es el rasgo que nos definió siempre y por el que nos conocen en todos los rincones del orbe.
Los primeros años del siglo XX son testigos de numerosas expediciones de emigrantes macoteranos. “La Voz de Peñaranda”, semanario comarcal, el día 14 de febrero de 1919, lo cuenta así:
“En las primeras horas del día pasaron por nuestra población de Peñaranda 150 ó 160 hombres, la mayoría jóvenes y todos vecinos de la inmediata villa de Macotera, que, a pie, se dirigían a la inmediata villa de Cantalapiedra con objeto de salir en el tren con dirección al Norte de España, y después, según se dice, internarse en Francia.
Dos o tres días antes, habían pasado por Peñaranda, también para Cantalapiedra y también con el mismo objeto, cincuenta y tantos hombres jóvenes del mismo pueblo de Macotera.
De este pueblo y de otros muchos, Santiago, Alaraz, son muchísimos los vecinos que emigran a lejanas tierras seducidos, engañados mejor dicho, ¡infelices!, por el señuelo de un jornal muy crecido.
El hecho de adquirir billete y efectuar el viaje desde Cantalapiedra, y no desde Peñaranda, como parece natural, y realizando el viaje a pie hasta dicha villa, se explican algunos por el deseo de acortar la distancia y hacer menos costoso el viaje.
Es dolorosa la marcha de estos coterráneos nuestros, brazos productores que abandonan sus familias, sus seres queridos, por el deseo de encontrar un mejor bienestar, que muchos no han de encontrar. La clase agrícola debe percatarse del problema que se echa encima con la falta de brazos”.
La nota que divulga “La voz de Peñaranda” es muy ilustrativa para nuestro propósito. Tenemos noticia familiar que, en el año 1919, salió una expedición hacia Francia, y regresó andando pidiendo por los pueblos hasta llegar a casa y que, al poco tiempo, muchos obreros, e incluso familias enteras, toman la decisión de emigrar a los Estados Unidos. En California viven cientos de descendientes de macoteranos, y, si vamos a Cuba, Venezuela, Buenos Aires, Santo Domingo o a cualquier parte, sucede otro tanto de lo mismo.
Información sacada del libro “Macotera, compendio de su historia” escrito por Eutimio Cuesta Hernández.



