


El Melgarejo es la parte del prado desde el río Margañán para acá; por tanto la caseta se encuentra en el Melgarejo.
La caseta se levantó como cobijo y resguardo del guarda del prado: era su cuchitril habitual, pues el ganado del pastizal exigía plena vigilancia: no estaba aún vallado el prado y los sembrados se hallaban a tiro de piedra del vacuno y mular. Había que estar al tanto, incluso, de noche.
La caseta se alza a la vera del camino, a unos pasos de la carretera. Es pequeña, con una estancia única, pero bien fortificada con muros de ladrillos en sus extremos; sobre el tejado la chimenea. Se diría que es bastante sólida y la puerta mira a la salida del sol. Era necesaria la caseta, pues, antes, los vaqueros vivían de prestado; el día de tormenta, de fuertes lluvias y duros fríos, se guarecían en la caseta del Caquis o se alargaban hasta el tejar, y allí esperanban en charla amena con Benjamín y sus hijos, que llegara la claridad; se vino abajo el tejar y utilizar lo ajeno es bueno un tiempo, pero no para siempre. De ahí que el Concejo levantase la caseta. La caseta es una habitación para todo. En la única estancia, se come, se duerme, se charla, se aburre, se ríe, se pena y se vigila. El ganado pasta tranquilo y rumia sentado a la sombra de las zarzas. Vaquero es un oficio de gran paciencia y de grandes reflexiones, pues se dispone de tiempo para ello.
Los nuevos vientos y el cercado del prado ha acabado con la profesión en el lugar. Queda la caseta ahí, a la entrada, como recuerdo de algo que fue. Es como un pequeño monolito a tanta actividad como les sucede a las fábricas de harinas, a los lavaderos de lana y a esos rincones arenosos, que aún se mantienen a la orilla del río.
Información sacada del libro “Rincones Macoteranos”, escrito por Eutimio Cuesta y Jose Luis Rivero.



