

De vez en cuando, me asomaré por aquí a echar un cigarro y a charlar contigo de alguna cosa. Yo no soy labrador, pero, como todos vosotros, conozco, al dedillo, las faenas que se trajinaban y trajinan en el campo. Las aprendí del mejor de los libros: el de la vida, el de la observación reforzada de curiosidad. De ahí te puedo afirmar que sé lo que es hundir las vertederas, voltear la tierra, sembrar en llano…, y también echar el cerro, aricar, acarrear, hacinar la mies, extender la parva y tornar…, y sacar gatuñas, escardar, segar, atar con bálago y con lías…No lo he hecho nunca, pero te lo he visto hacer a ti y me he quedado con ello: lo tengo grabado en mi memoria como una imagen que no se olvida nunca, porque me afectó tanta fatiga, tanto esfuerzo y sacrificio con tan escasa recompensa. Y también recuerdo a aquellas aradas que cortejaban los caminos, que parecían alfombras de estameña parda, y que también eran condición amorosa: “si echas el surco derecho a mi besana, labrador de mis padres serás mañana”.
Y si no pateé el término de chico, lo he hecho de grande a través de unos paseos tan largos, que no te puedes ni imaginar. Y he comprobado que esos campos ya no huelen a tortilla, ni a torreznos, ni a cebolla, ni a vino de barril; y casi se les ha borrado el nombre a los parajes: ya no hay lindes ni vallados; hoy se les dice polígonos, parcelas y cotos.
Por esta razón, me he asomado esta tarde a esta ventana, para recordarte y no olvides.
Una de mis manías es apuntar las cosas. Me gusta escuchar y todos los días me echo un parlao con nuestros abuelos, no los de ahora, sino los de antes: los que vestían con calzón y blusa. Y, de ellos, he aprendido que el término de mi pueblo es muy pequeño. Si echamos un vistazo de levante a poniente, sólo mide una legua; y, de norte a mediodía, otra legua; y su circunferencia no supera las tres leguas y media: unas cinco mil trescientas noventa siete huebras. Muy pocas para su población.
Las tenían distribuidas en dos hojas: la Hoja de la Macolla y la hoja de Valdegómez, con sus sitios bien definidos.
La hoja de la Macolla comprendía los siguientes parajes:
Resulta haber en esta hoja. 54 sitios.
La hoja del Valdegómez la componían los lugares de:
Resultan 27 sitios.
Macotera era el pueblo, junto con Tordillos, que producía el vino de mejor calidad de todo el territorio de Alba de Tormes. El vino de Macotera era la referencia para poner el precio del cántaro a consumir. Lo fijaba nuestro Ayuntamiento y todas las demás aldeas tenían que acatarlo, incluida la villa, Alba de Tormes. La superficie que ocupaba nuestro viñedo no era desdeñable, equivalía al 14,63% de su extensión: 790 aranzadas (353 Has). Y se repartía en veinte pagos, con su respectivo guarda de viñas y cabaña, y, por su curiosidad, te los nombro:
Pago del cochino, la Huerta, Carreasantiago, Portillo, la Juara, Carreamolino, Carreazarzal, Carreavilla, Soto, Cárcavas, Carreacoca, Valdelacasa, Arenales, Cano, Carbonera, Valcruzado, Tintillas, Arroyo Concejo, Majuelos.
Echarás de menos La Marrada (Marrá), no figura porque pertenece al término de Tordillos.
Posiblemente, te extrañen nombres de nuestros lugares, y me quieras poner pegas. Te he anunciado que yo parlo mucho con los abuelos de antes, y así lo reconocían.
Hasta la próxima.
Timi Cuesta



