Hace tiempo, la fiesta patronal de Macotera se celebraba, únicamente, el día de la Virgen (15 de agosto). No figuraba san Roque. El día de la Virgen era un día grande, un día en que el vecindario daba gracias a la Patrona por la buena cosecha, que se acababa de recolectar.
Un documento, que data del 14 de junio de 1563, se dice:
“que, en el día de Nuestra Señora se corre un toro en dicho lugar, y tienen abierta la puerta de la iglesia, y acuden allí las gentes a “guarirse” y además dejan sacar los escaños de la dicha iglesia, lo cual es indecencia y pónese en peligro de entrar allí el toro”
Los toros se cerraban en el corral del hospital, y el hospital se encontraba donde hoy está el Ayuntamiento.
El primer año del siglo XVII (1600), fue el elegido por la peste bubónica para ensañarse con la población de Macotera y de la mayor parte de la provincia. Hubo pueblos como Tordillos que vieron como su vecindario se reducía casi a la mínima expresión: de doscientos vecinos, quedaron veintiocho; hemos hecho el recuento de los fallecidos en Macotera en 1600, y nos da el siguiente resultado: 55 hombres, 83 mujeres y 27 jóvenes, sin incluir los párvulos.
Durante los meses de marzo, abril y junio, todos los días, hubo entierro, y días en que murieron siete u ocho personas. Los períodos 1605- 1607; 1615 – 1616; 1629 – 1631; 1647 – 1652; 1659 – 1662; 1676 – 1685; 1694 – 1699 quedan como puntos negros por la cantidad de gente que murió víctima de la peste y otras enfermedades. El terror y el miedo de la gente eran irreparables. Si a esta desgracia adicionamos el hambre, la miseria y la pobreza de solemnidad, el cuadro consuma la situación caótica que soportaba el país.
Ante esta masacre y desesperación, y, ante la incapacidad sanitaria general, y tanta angustia, el Ayuntamiento y el pueblo buscan el amparo de un ser superior que les alivie y remedie de la letal situación, y la halla en la fama de un santo peregrino, Roque, que combatió la peste por los distintos caminos de Roma.
Se pone en contacto con el Santo y le propone, a mediados del siglo XVII, que si quería ser Patrón de Macotera, nombramiento que aceptó, con gran honor, al comprobar la piedad y la religiosidad que avalaba la población toda del pueblo.
Pasados unos días, la Virgen y san Roque se reunieron en asamblea, y acordaron repartirse los cargos: san Roque asumiría los poderes festivos y taurinos, y la Virgen se ocuparía más de lo solemne y de lo piadoso.
Y desde entonces, el toro y la procesión han sido y son el hechizo de las fiestas patronales de San Roque. Y estos dos alicientes han presidido los días más añorados por los macoteranos, desde que tenemos uso de razón.
Y esta jarana sanroqueña se iniciaba el día de Santiago. Era costumbre que, después de misa mayor, los jóvenes tomaban el Consistorio, donde les esperaba la corporación, pidiendo a gritos los novillos. Y el Ayuntamiento, previsor, ya los tenía apalabrados con algún ganadero del pueblo.
- ¿Queréis toros?, espetaba el alcalde.
- Y los mozos, bajando las escaleras, voceaban:
- “Tenemos toros”,
- Y cantaban:
Los novillos de este año
ya sabemos quién los dos,
el tío Molleta y Ramón,
que los saben contratar.
Y la canción se redoblaba por calles y bares. Y el contento era general. Y el ganadero traía los toros al prado, y todos los domingos se acercaban las pandas a ver el trapío de la manada, para, luego, urdir el comentario en las tertulias nocturnas, previas a los “sanroques”, en las terrazas de las tabernas.
Y, durante los primeros días de agosto, el personal estaba atento al grito “¡Los carros!”, y todo el mundo se precipitaba con su carro o escalera para coger el mejor sitio para contemplar la capea.
Y el forcejeo, por coger el mejor lugar, terminaba con algún tirón de pelos.
Y la juventud se afanaba en abrir los agujeros para colocar el trillo, que ejercía de burladero.
Y llegaba la víspera, y la serrana, llena hasta la baca, acercaba a los macoteranos, residentes en Salamanca, que habían conseguido el permiso del amo el mismo día por la mañana. Y el ambiente era ensordecer. El trajín de maletas y saludos se escuchaban por doquier. En las tabernas, las meriendas y las jarras de vino animaban el hervor de la emoción de encontrarse entre los suyos y con los suyos, que hacía tiempo no compartían la hebra. ¡Cuánto gentío! Y yo, niño, lo contemplaba ensimismado, sorprendido e invadido de curiosidad. Y me decía:” Yo, también, algún día seré grande”.
No había pregón ni desfile de peñas, porque no existía la palabra peña, sino la de cuadrilla y panda. Las pandas de mozos no aciguaban. Los sastres y modistas se afanaban en quitar los últimos hilvanes a los trajes y vestidos. La Virgen era el día grande, solemne, de la elegancia, del estreno, del lucimiento: de los tres bailes: al mediodía, tarde y noche, hasta madrugada. La juventud disfrutaba de día y eran muy pocos los que alargaban la noche más allá de las tres de la mañana. Había que asistir frescos al encierro.
Los novillos vienen,
al amanecer,
si no te levantas
no lo vas a ver”.
Y el día de la Virgen se estrenaba la cuba de San Roque, cuyo vino, espumoso, se elaboraba con la mejor uva de un pago, que se llama la Llaná; y se guardaba en la bodega de la tía Mielera, muy próxima a la plaza. Se vendía por jarras y se pagaba con monedas, que el abuelo Pondera introducía por la ranura de una arquilla, cerrada con dos llaves, porque el dinero se lo repartían entre el tabernero y la dueña de la bodega. Y, un año, un macoterano invitó al “Niño de la Blusa” a san Roque, el señor fue el afamado torero, Vicente Pastor, bajó a la bodega y no podía subir. Aguantó la moña, en cama, durante los tres días de San Roque.
Levántate, morenita,
levántate, resalada,
levántate.
Los novillos vienen,
al amanecer,
si no te levantas,
no los vas a ver…
Los encierros a caballo eran de una estampa excepcional. La nobleza de la manada, escoltada por un grupo de caballos y gente de a pie, avanzaba parsimoniosa, sendero arriba, hasta la Carrallano; se esperaba que el sol apuntara y, en ese instante, se espantaban los novillos, que, ladera abajo, los jinetes dirigían hacia el corral de las campanas, donde se cerraban, para después, trasladarlos a la plaza de toros, para la prueba de la mañana y la corrida de tarde. El griterío de las mujeres y el trance de la embestida de los novillos se adueñaban del rastrojo recocido por un sol poco condescendiente. Antes del encierro, se había cumplido con el ritual de tomar el mantecao y la copa de aguardiente.
La misa en honor del Patrón se celebraba a las diez de la mañana, y, a continuación, la procesión del Santo, que, antaño, duraba cuatro horas, bailando la típica charrá de san Roque, que implantó Antolín Pachulo, en 1918, por siempre.
Antes de que el Santo hiciese su entrada en la iglesia, un jornalero del campo, de esos de inteligencia privilegiada, se subía a la vara de un carro y recitaba la loa a san Roque, se trataba del afamado Berbique, quien, con voz firme y sonora, se dirigía a la multitud:
“Decidme, ¿a quién buscáis?
– A san Roque.
-Ya lo tenéis aquí,
a este Santo peregrino.
¡Cuánto gozan los vecinos
al acordarse de ti!
Todas las penas se acaban,
cuando se acerca este día;
el pobre goza sus penas,
el rico más todavía,
al mirar esos semblante
de san Roque y de María”.
Y, a continuación, la capea, donde los aficionados al toro intentaban, con un percal, ganarse la admiración y el aplauso del respetable. Allá surgía el percance, el revolcón, el gracejo de algún Tancredo y el corte, a pie quieto, ante las astas. Sonaba el pasodoble, y el encogimiento de la moza enamorada, que gritaba a su mozo desde el balcón de la Ninfa.
Y fuera de la plaza, los puestos de golosinas preparaban los paquetitos de confites, de almendras garrapiñadas, el palo dulce y el regalí; lo mismo hacían el heladero y el del bombo de los barquillos, en espera de que los niños saliesen de los toros para hacer su pequeño agosto; y allá, bajo los soportales de la señora Guadalupe, el puesto de melones y sandías; y, en el rincón de la iglesia, Paquito con su churrería. No había más atracciones, pero las suficientes para pasarlo de madre, y con el ruego al Santo de que no se acabase el alboroto.
La juventud de hoy pide al Santo: que no se rompa la noche.
Y llega la jarana.
Se cantaba antaño: “Si no hay toros, tampoco baile”. Y, hoy, podemos proclamar: “si no hay peñas en la fiesta popular, no hay aliciente ni tampoco ambiente”. Por eso, yo siempre pregono que las peñas son el alma de las fiestas, las que crean la jarana, estimulan la convivencia y fomentan la hospitalidad.
Y, como no puedo estarme quieto, he robado un rato a la tarde, para indagar sobre el origen de las peñas y de su evolución a lo largo de los tiempos.
Me he centrado, en primer lugar, en tomar referencias para fijar la edad de las peñas, y me cuesta concretar, y es muy difícil determinar su origen, porque las primeras tertulias y meriendas de panda, que se celebraron en el pueblo, fue en torno a una cuba y a la luz de una vela, ya se registran en 1727.
Luego, llegó la costumbre, también añeja, de hacer la limonada con sus correspondientes meriendas en alguna panera o tenada, y la tradicional costumbre de la merienda en la taberna que son maneras, asimismo, de hacer peña, porque eso es una peña: la reunión de un grupo de amigos, que se comprometen a realizar una actividad recreativa, cultural o de cualquier otro tipo. Lo define muy bien la etimología del vocablo peña, que viene de la voz latina pinna, piña: hacer piña en torno a algo.
Y pasado el tiempo, se comenzaron utilizar otros habitáculos, recintos abandonados o de escaso uso, como pajares, casas deshabitadas, algún lagar o bodega independientes; se adecentaron y decoraron con símbolos alusivos al mote de la peña, y, con cuatro trastos, valía para centrar, en ellos, la diversión y la vida toda durante las fiestas y otros posibles encuentros en el resto del año.
Eutimio Cuesta



